No pretendemos entrar en un debate -teórica y metodológicamente central en las ciencias sociales- ni tampoco sembrar de dudas el proceso de medición, sólo intentamos reflexionar acerca de la complejidad de un procedimiento no tan simple ni tan obvio

LA INSERCIÓN DE LA MUJER EN EL MERCADO LABORAL Y SU IMPACTO EN EL ESTUDIO DE LAS CLASES SOCIALES: una perspectiva metodológica



THE ENTRANCE OF WOMEN INTO THE LABOR MARKET AND ITS IMPACT ON THE STUDY OF SOCIAL CLASSES: A METHODOLOGICAL PERSPECTIVE



Gabriela V. Gómez Rojas


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Resumen

El artículo se inscribe en el abordaje de la estratificación social, los hogares y el género. En él se describen algunos resultados de una investigación sobre las variaciones que puede generar el considerar a varones y mujeres que trabajan, como referentes del hogar a la hora de armar estratos de clase, en comparación con los resultados provenientes de tomar en cuenta solo al jefe de hogar ( en general varón).Se analiza la información proveniente de la Encuesta Permanente de Hogares, del año 2001, considerando todas las áreas urbanas de la Argentina. El esquema analítico de clases empleados es elaborado por John Goldthorpe y colaboradores.


Palabras Clave

Clases sociales. Género. Hogares. Medición.

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Abstract

The article presented here focuses on an investigation of social stratification, households and gender. It describes the varying results found in working men and women who are regarded as household references when constructing the household class strata, in comparison to accounts which only consider the head of the household (usually a male). The information analyzed is from the Permanent Household Survey 2001, and takes into consideration all the urban areas of Argentina. The class scheme utilized is the one developed by John Goldthorpe and collaborators.


Keywords

Social classes. Gender. Households. Measurement.

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Introducción

En el artículo se presentan algunos resultados de la investigación que formó parte de mi tesis de doctorado1, cuyo eje central se basó en discutir de qué modo incorporar la clase ocupacional de las mujeres a los esquemas de medición de clases sociales cuando la unidad de análisis elegida es el hogar. Intentando asumir como unidad de observación a la pareja conyugal y dejando así de lado la mera referencia al jefe de hogar. Se presentan, entonces, algunas discusiones conceptuales sobre la temática estudiada, algunas referencias respecto del esquema de clases empleado y el análisis de la información producida orientada a describir la heterogeneidad de clase de las parejas –en la Argentina urbana- y por último un ejercicio en el que se muestra cómo quedaría el mapa de clases al introducir a las mujeres.

1. Reflexiones, interrogantes y metodología

A partir de la defensa, hacia 1983, de Goldthorpe de la perspectiva tradicional de los estudios de clase, surgió una gran variedad de estudios empíricos que comenzaron a preguntarse cómo afecta el nuevo rol económico de las mujeres a los estudios de las clases sociales y, muy especialmente, a la posición de clase de los hogares en la sociedad moderna.

En ese marco, Sorensen (1987) considera que asumir que la unidad de estratificación —dentro de los estudios de estratificación social— es la familia implica sostener que no existe desigualdad entre los cónyuges varones y mujeres. La condición para esta igualdad entre los esposos se basa en la dependencia o independencia económica de las mujeres casadas. En este sentido, en una comparación de este fenómeno en los Estados Unidos entre 1940 y 1980 se evidenció cómo, hacia el último período, las mujeres totalmente dependientes en términos económicos de sus maridos constituían una minoría, aunque las mujeres casadas debían trabajar más horas que los varones para contribuir en la misma medida al ingreso familiar.

Por su parte, Delphy (1992) señala la inadecuación de los actuales sistemas de estratificación que, en el caso de las mujeres casadas, priorizan su relación matrimonial más que la propia ocupación. Este método de clasificación logra ocultar un particular modo de producción: la ausencia de las mujeres en estos sistemas de clasificación indica una estructura social oculta. Comparte con Acker (1973) las críticas respecto de la inconsistencia de clasificar a las mujeres por su propia ocupación, mientras están solteras o solas y, luego, ni bien éstas se casan, abandonar este criterio. Para esta autora, asumir a la familia como una unidad equivalente de estatus significa aceptar la homogeneidad social de ese hogar. Puesto que la unidad de estratificación es la familia —u hogar—, no es usual hacer comparaciones entre los esposos, ya que pareciera no ser necesario. Dada la presunción casi dogmática de la homogeneidad de estatus dentro de la familia, la clase del marido se atribuye automáticamente a la esposa y, por lo tanto, no hay modo de comparar las posiciones de clase que por definición son idénticas (homogamia).

En tanto, Zipp y Plutzer (1996) señalan que el debate sobre el impacto que el trabajo remunerado de las mujeres casadas tienen sobre el análisis de clase es uno de los más controvertidos en esta área temática, puesto que convergen dos tipos de problemas: una cuestión metodológica de cómo asignar a una clase a la gente casada (o en pareja) y una cuestión sustantiva respecto de la influencia relativa del empleo de uno de los miembros de la pareja sobre el otro.

Asimismo, Cromptom (2001) plantea que las investigaciones a nivel de la ocupación, de hogares y de estructura organizacional sugieren que la significatividad de la “experiencia de vida” de las clases a partir del empleo está en declive, a pesar del hecho de que la estructura de clases continua teniendo un impacto mesurable en la vida de las personas. De este modo, sostiene la autora, con el avance de la economía de servicios, el empleo es aún significativo, aunque no el único determinante de las “posibilidades de vida” —life chances— y de acceso a oportunidades. A su vez, en los últimos veinte años han ocurrido dos hechos que han reestructurado la experiencia de vida de las clases trabajadoras: el incremento de los empleos de servicio y el crecimiento y desarrollo del número de mujeres casadas que trabajan. En relación a este último punto, Crompton (1994:127-128) sostiene:

El aumento del empleo de las mujeres plantea serias dificultades a los esquemas ocupacionales de clase en general. Pueden identificarse una serie de problemas, muchos de los cuales guardan relación con la persistencia de la segregación ocupacional (es decir, la concentración de las mujeres y hombres en ocupaciones desproporcionadamente “femeninas” o “masculinas”) (…) El status, las recompensas, la relación con la autoridad de determinadas ocupaciones han estado históricamente determinadas (y en una dirección descendente) por el hecho de que son ocupaciones de las mujeres.

Asimismo, señala:

La mayoría de los esquemas ocupacionales de clase- tanto los de sentido común como los teóricos- se han desarrollado a partir de la referencia a la estructura del empleo masculino. De modo que estos esquemas diferencian pobremente los puestos de trabajo de las mujeres.

Crompton (2001:43) también postula que la feminización de las clases medias —esto es, el crecimiento del número de mujeres que gana suficiente como para ser el soporte económico del hogar— parece ser una tendencia universal, sobre todo en países de primer mundo, como Estados Unidos e Inglaterra. De todos modos, esto no significa que haya habido un incremento en la proporción de mujeres cabezas de familia, sino que, más bien, ha acontecido un incremento en la proporción de hogares con dos jefes o cabezas de familia (o haciendo uso del término empleado por Crompton, dual breadwinner). Asimismo, sostiene respecto de otros factores:

Si pensamos en el comportamiento de voto y las actitudes sociales existe una considerable evidencia empírica de que la clase del hogar podría ser un indicador más útil. Por ejemplo, es más probable que una oficinista casada con un albañil vote a los laboristas que una mujer con el mismo puesto de trabajo casada con un ejecutivo de seguros, sin embargo, ambas mujeres, sobre la base individual se incluirían en la clase intermedia elaborada por Goldthorpe.

En relación al concepto de identidad de clase, según Baxter (1992), Goldthorpe plantea el modo de encarar el nexo entre la clase social y género al proponer estudiar en qué medida la propia ubicación de clase de la mujer influye en ciertos efectos de las clases, tales como la autopercepción de clase, la participación en estilos de vida relacionados con una clase y modos de acción colectiva. La autora resalta que, desde los enfoques feministas, se enuncia que es necesario considerar las diferentes experiencias de clase de varones y mujeres, pues para dar cuenta de los fenómenos anteriormente enunciados es importante discriminar los mecanismos de género que los conforman. Baxter (1992) indica que las variables que afectan la identidad de clase de varones y mujeres son distintas y que en ellas inciden tanto la organización del trabajo doméstico como la posición de clase de los esposos. Por otro lado, Ritter y Hargens (1975) —basándose en datos sobre mujeres casadas— mostraron que las mujeres trabajadoras derivaban su identidad de clase de su propia situación ocupacional más que de la de sus esposos.

Baxter, Jackman y Jackman, en 1983, apoyaron el enfoque convencional de Goldthorpe, sosteniendo —a partir de una muestra de dos perceptores de ingresos en Estados Unidos— que el status ocupacional de los esposos es el principal determinante de la identificación de clase de sus cónyuges mujeres, con excepción del nivel educativo de las mujeres que tiene más peso que el de sus maridos. Por su parte, Abbot (1987) concluyó en un estudio en Gran Bretaña que la ocupación de los cónyuges varones es sólo una de las variables que conforman la identidad de clase de las mujeres, jugando la educación un papel importante.

Tanto Garnsey (1990) como Wright (1997) se dedicaron a analizar la clase social de las personas que residen en hogares con dos personas (esposo y esposa) con ingresos provenientes de sus ocupaciones. En ambos estudios se concluye que — tanto para el caso de Gran Bretaña como para el de los Estados Unidos— existe cierta disparidad de experiencias laborales entre los cónyuges. Estas situaciones de familias, con heterogeneidad de clase, conlleva problemas de clasificación que no pueden ignorarse en el análisis de las clases sociales.

Asimismo, Wright (1997) señala que, aún cuando las parejas de los hogares compartan situaciones de consumo, las diferencias entre sus ocupaciones pueden generar intereses de clase diferentes. De ahí que, incluso cuando la contribución económica de las mujeres sea menor a la de sus cónyuges, el carácter de clase de su trabajo remunerado puede dar forma a las estrategias familiares y, por lo tanto, también al carácter de clase de la familia como unidad. Precisamente para dar cuenta de estas situaciones, Wright (1997) elabora el concepto de lazos de clase directos e indirectos: la ubicación en una clase no se da dentro de compartimentos estancos, sino de un modo nodal en una red de relaciones. Tiempo antes, el mismo autor (Wright - 1989:227) había abordado el problema de la identidad de clase desde la noción de posiciones de clases directas y mediadas, sosteniendo que los intereses materiales de los individuos se forman, no solo por sus vínculos directos con los recursos productivos, sino también, por una serie de relaciones que incluye la de los miembros de la familia. Este autor se centra en establecer la importancia relativa de las relaciones de clase directas y mediadas para determinadas personas, en relación a ciertos efectos de las clases sociales. En otros términos, más que preguntarse en qué clase se encuentra la persona X, cuál es el posicionamiento de clase de la misma, deberíamos preguntarnos, cuál es la ubicación de una persona dentro de una red de relaciones de clase directas y mediadas., lo que reflejaría la complejidad de la estructura de clase en el capitalismo contemporáneo.

La estructura de clases, por lo tanto, debería ser entendida como conformada por la totalidad de relaciones de las mismas directas y mediatizadas. Esto implica que dos de aquellas, con idénticas pautas de relaciones directas de clase, pero que difieren respecto de las relaciones mediatizadas, deberían considerarse como diferentes tipos de estructuras. En suma, los intereses materiales de clase de los individuos no se conforman simplemente por sus relaciones directas con el sistema productivo, sino también, por una variedad de otras relaciones indirectas (mediatizadas) que los vincula con el sistema de producción: casos prototípicos de esta situación son los de los niños, jubilados, estudiantes, amas de casa y los desocupados.

Tomemos, de estos casos, el de las amas de casa que tendrían —según este esquema— una relación indirecta con el sistema de producción. No obstante, existe desde hace algunas décadas una nueva apreciación económica acerca del trabajo doméstico realizado, primordialmente, por las mujeres. Estas tareas son objeto de estimación e, incluso, son incorporadas como valor agregado a las cuentas nacionales, representando parte importante del PBI de los países estudiados (por ejemplo, Gammage y Orozco (2008) estimaron que aproximadamente el trabajo doméstico no remunerado representa 20% del PIB en México y 30% del PBI en Guatemala).

En función de lo expuesto cabe preguntarse si , ¿no es factible que el perfil del sistema de estratificación varíe si se considera como referente para su medición sólo a los jefes de hogar que si se toma en cuenta a los jefes y a sus cónyuges?¿Es apropiado estimar que un hogar en el que un profesional está unido a una docente posee la misma posición de clase que aquel constituido por un profesional y una ama de casa? El trabajo femenino, ¿implica alguna diferencia en el estilo de vida del hogar y en los intereses de sus miembros? El hecho de haber elegido un solo referente del hogar, ¿ha producido una clasificación inadecuada de dichos hogares en los distintos estratos de clases, sobre todo, en un contexto de acelerada transformación de los roles económicos que han tenido las mujeres en las últimas décadas?, ¿y, por ende, cómo ha contribuido en ese aspecto el aumento de los hogares con dos proveedores económicos

De este modo, comenzar a preguntarse por las mujeres y varones de la pareja conyugal —en sentido amplio, es decir, no implica que estén necesariamente casados— supone, en primera instancia, abandonar la presunción de homogeneidad de clase de las parejas u hogares (aquí se emplearan como sinónimos).

La investigación recorre un camino que confronta con la hipótesis convencional de Goldthorpe que sostiene que la ubicación de clase de las mujeres es equivalente a la de sus maridos, considerando que la mejor manera de establecer la posición de clase de un hogar es a través del jefe de familia varón, en la medida que la participación de las mujeres en el mercado de trabajo se ve limitada por sus responsabilidades domésticas.

El trabajo se basó en dos fuentes de información: aquí solo se desarrolla el análisis de los datos de la base usuarios de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), correspondiente al año 2001, para el área metropolitana de Buenos Aires, Noroeste, Nordeste, Cuyo, Area Pampeana, Patagónica y Total de aglomerados, de acuerdo a las regiones estadísticas elaboradas por el INDEC. La inclusión de estas áreas surge de la necesidad de comparar el nomenclador de hogares elaborado en localidades con características culturales y productivas diferentes. Las unidades de análisis a considerar son las parejas que comparten el mismo hogar.

Como estrategia analítica se emplea el esquema teórico de análisis de clase social elaborado por Goldthorpe, y sus colaboradores, que ha dado lugar a un programa de investigación en países industrializados de Europa bajo el nombre de proyecto CASMIN —Comparative Analysis of Social Mobility in Industrial Nations

El esquema de clase de Goldthorpe, según Crompton (1994), parte de las categorías ocupacionales de la escala Hope-Goldthorpe de deseabilidad general dentro de un conjunto de siete categorías de clase. Los conceptos que subyacen a la distribución de las ocupaciones en clases son la situación de mercado y la de trabajo. Cabe señalar que retoman dichas dimensiones enunciadas por Lockwood. La primera remite a la posición en términos económicos, vinculada con el origen y volumen de la renta y el grado de seguridad en el empleo. La segunda alude a las relaciones sociales que el individuo pone en práctica según su posición en el contexto de división del trabajo.

A continuación se detalla la versión de once clases del mismo esquema:

De Servicio

I- Profesionales, administrativos y funcionarios de alta gradación; directivos de grandes empresas industriales; grandes propietarios.

II- Profesionales, administrativos y funcionarios de baja gradación; técnicos de alta graduación; directivos de pequeños y empresas pequeñas; supervisores de empleados no manuales.

Intermedias

III a- Empleados no manuales de trabajos rutinarios-de nivel superior (administración y comercio).

III b- Empleados no manuales de trabajos rutinarios-de nivel inferior (servicios).2

IV a- Pequeños propietarios y artesanos con empleados.

IV b- Pequeños propietarios y artesanos sin empleados.

IV c- Agricultores (farmers), otros trabajadores cuenta propia en la producción primaria.

V- Técnicos de baja graduación, supervisores de trabajadores manuales.

Obreras

VI- Trabajadores calificados manuales.

VII a- Trabajadores manuales semicalificados y no calificados (no agrícolas).

VII b-Trabajadores agrícolas y otros en la producción primaria.

Asimismo, se elaboró una tipología que combina la situación laboral de los integrantes de las parejas de los hogares, a los fines de comparar la descripción de la estratificación social resultante de esta alternativa de medición.



2 .Una breve descripción del contexto económico y de la evolución de los hogares con dos proveedores.

Como es sabido, en el transcurso de la década del ‘90 se aplicaron una serie de reformas económicas de ajuste estructural. La Ley de Convertibilidadde manera conjunta con la apertura comercial al exterior, las privatizaciones y la desregulación de los mercados— generó un fuerte impacto en la estructura y la dinámica productiva del país y, consecuentemente, en el mercado de trabajo. Del mismo modo, también ayudó a consolidar un nuevo poder económico en la Argentina (Teubal y Rodríguez, 2002).

Sin embargo, los cambios en el régimen de acumulación comenzaron a darse desde mediados de 1970, con el abandono del proceso de sustitución de importaciones. Surge, a partir de ese momento, el predominio de las actividades financieras y el consecuente abandono de las actividades productivas en general. En ese marco, no se desarrolló una estrategia industrial o exportadora de la producción manufacturera, a excepción de la industria automotriz que recibió ayudas especiales vinculadas con el Mercosur. Como consecuencia, las exportaciones siguieron siendo principalmente de origen agropecuario, incorporando a las denominadas MOAmanufacturas de origen agropecuario orientadas, principalmente a países del Mercosur—, además de las tradicionales compuestas por trigo y soja entre otros granos. Todas ellas dependientes de las variaciones de los precios internacionales de este tipo de productos. La balanza comercial del país tendió a ser deficitaria, lo que imposibilitó la viabilidad de instaurar una estrategia de desarrollo más a largo plazo.

La fragilidad de la economía quedó de manifiesto con el impacto que produjeron sobre ella, a partir de 1995, las llamadas crisis del tequila, la crisis asiática, crisis rusa, crisis brasileña, iniciándose el fin del efecto expansivo obtenido a principios de la década.

Entre octubre de 1991 y octubre de 2000, la tasa de desocupación aumentó de poco más de 5% a un 15% y la duración media del desempleo casi se duplicó (pasó de 3,6 meses a 6,6 meses) para los principales aglomerados urbanos, tal como revela la EPH. El desempleo continuó creciendo, alcanzando niveles cercanos al 21% en el año 2002, tendencia que comienza a descender a partir del segundo semestre de dicho año.

A su vez, quienes estaban ocupados, lo hacían en un mercado en continua flexibilización. Así, el porcentaje de asalariados no registrados pasó del 26%, del total de empleados en los '90, al 41% en el 2002. Además, se redujeron los puestos de más de 35 horas semanales lo cual, junto a la creciente inestabilidad laboral, se tradujo en el elevado número de subocupados demandantes.

El gobierno de Fernando De La Rúa (1999-2001) profundizará la crisis al continuar con la aplicación de las “recetas” de los organismos internacionales y las políticas neoliberales de los años anteriores. Se suceden, dentro de la llamada estrategia de Déficit Cero”, los recortes presupuestarios en planes sociales, educación, salud, fuerzas de seguridad, etc. Asimismo, se potencian las movilizaciones populares y el debilitamiento del gobierno que desembocará en la salida anticipada del gobierno radical.

Lamentablemente no ha habido en la Argentina estudios continuos que nos permitan comparar el comportamiento de las clases sociales y sus modificaciones según los diversos ciclos económicos por los que atravesó el país, solo hay referencias a ciertos cambios socio-ocupacionales. Así, Salvia y Vera (2004) concluyen que los hogares con más bajos ingresos son los que sufrieron grandes caídas en sus remuneraciones, mayores niveles de desocupación y mayor precariedad laboral, mientras que aquellos que se ubican en los quintiles más altos tuvieron una movilidad social favorable.

A pesar del marco socio-histórico desfavorable descrito anteriormente, podemos preguntarnos: ¿cómo se ha comportado la actividad económica de las mujeres en los últimos años? A fin de abordar este interrogante, se trabajó con datos provenientes de la Encuesta Permanente de Hogares sólo para el Área Metropolitana de Buenos Aires

Se construyeron series para diversos años y grupos de edad, de manera que se pudiera observar las variaciones temporales en las tasas de actividad económica.

Tal como veremos, en el cuadro 2 se construyó una serie temporal de las tasas de actividad, en períodos quinquenales (en los casos en que esto fue posible). Los grupos de mujeres, conformados según los años de nacimiento, muestran el inicio de la serie a partir de los 20–24 años. Así, a medida que se avanza en el tiempo, se pueden observar las tasas de actividad de ese grupo de mujeres conforme aumenta su edad.

Cuadro 1: Evolución de las tasas de actividad ESPECÍFICA según año de nacimiento de las mujeres. Aglomerado de gran Buenos Aires (inicio de la cohorte en 20 – 24 años)

Fecha de nacimiento


1950-1954

1956-1960

1961-1965

1966-1970

1971-1974

1974

59.1





1980

50.2

60.8




1985

45.6

50.4

53.9



1990

51.7

50.6

56.3

57.0


1995

48.2

55.5

64.0

64.3

63.3

2000

24.7

54.2

62.4

58.6

68.4

Fuente: Elaboración propia en base a los datos de EPH. Ondas de Octubre.1974-2000



Fuente: Cuadro1

Los patrones de comportamiento por edad muestran que las mujeres, a medida que nos aproximamos a la actualidad, tienden a retirarse menos del mercado de trabajo. Este fenómeno queda más de manifiesto en los grupos nacidos a partir de la década de 1960, ya que en edades anteriores las oscilaciones de las tasa son más notorias. Por lo cual, podría sostenerse que las mujeres tienden a permanecer más tiempo en el mercado y, por lo tanto, su incorporación en los esquemas de estratificación no afectaría la validez de los mismos. Esto se contrapone con el razonamiento enunciado al comienzo de este capítulo, sustentado por quienes destacaban los inconvenientes de incluir a las mujeres en los esquemas de medición de las clases sociales.

Es sin duda importante la apreciación de Wainerman (2005: 57) cuando dice:

Actualmente son muchas las mujeres que entran y permanecen en el mercado de trabajo –como ocupadas o buscando trabajo-casi como los varones, cualquiera sea su situación familiar. Lo mismo da que formen o no pareja, tengan o no hijos, y si los tienen, que sean bebés, niños o adolescentes. Y en esto la Argentina no está sola, sigue el camino que han recorrido los países más desarrollados de América y Europa, en los que la trayectoria laboral de las mujeres se ha asimilado a la de los varones.

Otro interrogante importante a la hora de encarar la investigación está vinculado con conocer¿ en qué medida han aumentado las parejas en las que ambos aportan un ingreso? ¿En cuánto contribuye cada uno económicamente? ¿Cuánto tiempo le dedican al trabajo cada uno? Podemos obtener algunas repuestas a partir del análisis de los datos que se muestran a continuación.

En el Área Metropolitana de Buenos Aires —entre 1980 y 2001— crecen considerablemente los hogares con ambos miembros de la pareja que trabajan. (CUADRO 2) Hacia 1980, casi dos de cada diez hogares se adecuaban a este modelo; en el 2001, prácticamente cinco de cada diez siguen esta pauta. Por contrapartida, en dicho período las familias con un único proveedor descienden: si al inicio representaban siete de cada diez, en el 2001 resultaban casi cinco de cada diez. Esto muestra la magnitud del cambio familiar entre un modelo —que desde la literatura se lo caracteriza como tradicional o patriarcal, en el que al varón le corresponde la provisión del sustento y a la mujer el cuidado del hogar— a otro modelo en el que ambos participan en el sostenimiento del hogar.

Cuadro 2: AMBA. Hogares según número de proveedores por condición de actividad y ocupación, 1980-2001. (En %)

Nº de proveedores, condición

de actividad y ocupación

1980

1985

1991

1993

1995

1997

1999

2001

Un proveedor (varón)

74.5

68.9

63.2

58.5

55.1

55.5

53.7

53.7

Varón ocupado, mujer inactiva

74.1

67.3

62.2

55.9

50.7

51.1

50.5

47.0

Varón desocupado, mujer inactiva

0.4

1.6

1.0

2.6

4.4

4.4

3.2

6.7

Dos proveedores

25.5

31.1

36.8

41.5

44.9

44.5

46.3

46.3

Varón ocupado, mujer ocupada

24.4

29.1

34.0

35.0

31.3

34.2

36.0

33.7

Varón ocupado, mujer desocupada

0.7

0.7

1.2

4.1

8.1

5.7

5.4

5.6

Varón desocupado, mujer ocupada

0.4

1.2

1.6

2.1

3.8

3.5

4.0

6.0

Varón desocupado, mujer desocupada

-

0.1

-

0.3

1.7

1.1

0.9

1.0

Total

(1.069.141)

(1.204.106)

(1.324.629)

(1.375.535)

(1.307.715)

(1.292.646)

(1.348.166)

(1.314.342)

Fuente: Wainerman,C.(2005) La vida cotidiana en las nuevas familias ¿Una revolución estancada? Buenos Aires: Ediciones Lumiere

Este cambio también se detecta al tener en cuenta la edad de la mujer y el número de hijos, como reflejo del ciclo vital de la familia. Puede verse entonces que el crecimiento de este tipo de hogar se dio en todas las edades, en el período analizado, aunque se hace muy notorio en el caso de los que poseen mujeres con edades intermedias-30 a 44 años- (28.2% para 1980 vs. 46.0% en 2001) y en los que ellas son mayores de 45 a 60 años (22.4% a 50.3% en cada fecha considerada). También se detecta un incremento, a lo largo del tiempo, de los hogares de dos proveedores independientemente del número de hijos. Por supuesto, la proporción de hogares con un solo hijo es mayor en este universo de análisis, pero los de dos o más también muestran crecimiento en el lapso mencionado. Si bien esta información se circunscribe a un sólo aglomerado geográfico, aunque el mayor del país, el AMBA, sirve para dar indicios de una mirada longitudinal de cuánto ha ido cambiando la proporción de estos hogares y de cómo estas variaciones podrían afectar a las mediciones de clase social si sólo se considera como referente al jefe varón.



3. Una mirada hacia el interior de los hogares: rompiendo el presupuesto de homogeniedad de clase.

Tal como afirmamos, la cuestión de cómo incorporar a las mujeres en los análisis de clase y en las investigaciones sobre estratificación social en las que la unidad de análisis es el hogar ha sido una controversia abordada por la sociología norteamericana —y, en parte también, por la sociología europea— en las décadas del ‘80 y ’90. Gran parte dicho debate se basó en las críticas a la visión convencional sobre los análisis de clase, dado que este tipo de estudios determinan la posición de clase de la familia independientemente de la posición en el trabajo de las mujeres. Un gran defensor de esta perspectiva tradicional fue el reconocido estudioso de la estratificación social J. Goldthorpe (1983).

En respuesta a la mirada tradicional de este investigador surgieron diferentes trabajos orientados a analizar cuál es la influencia de la clase social de las mujeres —circunscribiéndose a las que trabajan— en diversos aspectos que hacen al comportamiento del hogar. De este modo, se ensayaba romper, básicamente, con el supuesto de que los hogares se componen de manera homogénea, al tiempo que se intentaba hacer visible lo que algunos autores denominaron una estructura social oculta. Han trabajado en esta línea, entre otros: Salido, O. (2001); Wright (1997) Delphy (1992); Zipp y Plutzer (1996); Baxter (1994); Crompton (1994); Sorensen (1994); Graetz (1991); Garnsey (1990); Heath, A.y N. Britten.(1984); Acker (1973).

Ahora bien, si enfocamos nuestro análisis en la heterogeneidad de clase de los hogares, se consideraron fundamentalmente los criterios formulados por Graetz (1991), pero adaptado para el esquema de clases de Goldthorpe que es el que se aplica en este estudio. Partiendo de tablas de doble entrada donde se cruzaron la clase social de la mujer y la del varón, se construyeron los tipos mencionados anteriormente, recordando que toda vez que la clase social de la mujer supera a del varón se la denomina heterogeneidad no tradicional y en los casos en los que la clase social del varón supera a la mujer la distinguiremos como heterogeneidad tradicional.

Asimismo, se optó por contemplar un criterio más exigente para medir la heterogeneidad, como es que uno de los integrantes de la pareja pertenezca a la clase obrera y el otro no. Nos parece ilustrativo mostrar un cuadro de doble entrada de los hogares/parejas correspondientes al total de aglomerados urbanos. Debe advertirse que los porcentajes han sido calculados sobre el total general, puesto que ello los convierte en proporciones sumables. Además, es muy difícil asumir la clase social del varón o la mujer como independiente y la otra como dependiente, lo que implicaría hacer otro cálculo.

Así, se comentan en este apartado algunas cuestiones más orientadas a sondear alguna de las hipótesis mencionadas desde la literatura a la hora de describir quién se casa con quién y la supuesta tendencia de las mujeres de casarse “hacia arriba”.

Cuadro 3: Clase social del varón según clase social de la mujer. Parejas con ambos miembros que trabajan. Total de áreas urbanas. 2001. (en % sobre total de tabla)

Clase Clase del varón



Clases de Servicio

Empl. de

Adminstr. y comercio



P.propiet. con y sin empleados



Sup/tec./

t.calificados



Empleados de servicios seguridad



Trab. semi. y no calificados



Rurales



Total

Clases de Servicio

21.2

5.0

1.6

1.6

1.8

1.5

0.0

31.5

Empl. de

admin. y comercio

2.9

2.5

0.8

0.8

1.1

0.9

0.0

8.2

P.propiet con y sin empleados

5.1

2.1

6.6

6.6

1.3

5.1

0.0

20.8

Sup/tec./

t.calificados

3.6

1.6

1.8

1.8

1.6

6.4

0.0

16.1

Empleados de servicios p. seguridad

2.8

1.4

1.2

1.2

1.6

2.4

0.0

9.6

Trabajadores semi y no calificados

2.2

1.0

1.8

1.8

1.0

6.5

0.0

13.1



Rurales

0.2

0.0

0.1

0.1

0.0

0.3

0.0

0.7


Total

38.0

13.5

13.8

3.0

8.5

23.1

0.1

100.


464353

165277

168853

36674

103439

282352

1180

1222128

Fuente: Elaboración propia en base a datos de EPH.2001.

Realizar un análisis pormenorizado de las cuarenta y nueve casillas resultará, sin duda, muy tedioso. Puntualicemos que los valores sombreados representan aquellos cuya clase social es coincidente, el resto no. Solamente para ejemplificar algunas situaciones —que pueden observarse con más detalle en los cuadros del anexo, pues corresponden a cálculos que asumen una clase como independiente y la otra como dependiente — puede sostenerse que, centrándonos en las clases más extremas, el 44% de las parejas con mujeres pertenecientes a las clases de servicios están unidas a varones ubicados en posiciones inferiores, mientras que la situación inversa asciende al 32.5 %.

En tanto que, si se habla de los trabajadores semi-calificados y sin calificar, las parejas conformadas por mujeres de dicha categoría casadas con varones de más jerarquía ascienden al 70.6 % y las compuestas por varones unidos a mujeres que los superen en términos de clase social llegan al 50.2%. Estas variaciones —más las otras combinaciones de clase que aquí no se citan— dan la pauta de que los ascensos sociales vía el matrimonio no son propiedad de las mujeres: más bien es un comportamiento atribuido a ambos géneros.

Es evidente que, en este tópico de “quien se casa con quien”, la parte urbana de Argentina muestra que las uniones están ceñidas a ciertos mecanismos de interacción o contacto (Carabaña, 1983; Torrado, 2003) que hacen que los apareamientos no sean totalmente libres. Si esto aconteciera, tendríamos una estructura de clases en constante cambio, pero tampoco las uniones resultan absolutamente determinadas sin posibilidad de ascender o descender socialmente. Hacia este conocimiento también se orientan las descripciones de Wright, cuando se centra en la permeabilidad de las barreras de las clases sociales.

Comparando los grandes tipos de heterogeneidad, la tradicional y la no tradicional y sus niveles (no abordados en este artículo), e independientemente de las regiones geográficas consideradas- tampoco tratadas aquí-, se advierte que la distancia entre las clases —expresada a partir de los tipos construidos— es mayor en las parejas compuestas por mujeres que superan en clase a sus compañeros que viceversa. Ello se manifiesta en que las parejas de clase opuesta y con uno de sus miembros de clase obrera, tienen más gravitación en la heterogamia no tradicional; mientras que las conformadas por clases compatibles y por clases mixtas tienen lugar, con más frecuencia, en el caso en que los varones superan en clase a las mujeres.

Este hecho se contrapone con lo sostenido por las hipótesis que enunciaban que las mujeres asumían el matrimonio como una vía de ascenso social o, en otros términos, que tienden a casarse hacia arriba. Podría decirse que no es una regla que propendan a ascender socialmente: más bien cuando superan a los varones una proporción considerable, lo hacen uniéndose a varones con clases ocupacionales de menos jerarquía. Estos hallazgos ya fueron citados por Glenn et al (1974) para el caso de Estados Unidos. En otros términos, también Olga Salido (2001) indica que podría pensarse —a partir de estos datos aquí recabados— que la movilidad vía el matrimonio también es patrimonio de los varones.

Por último, escogiendo los cruces de clase más extremos —como son los porcentajes de parejas conformadas por uno de sus miembros de clase obrera o la de clase opuesta (cuadro 3)— tanto dentro de la heterogeneidad tradicional como dentro de la no tradicional se hace evidente cierta permeabilidad de las clases de la sociedad urbana argentina (Wright, 1989).



4 La inclusión de las mujeres como referentes para estratificar el hogar

A lo largo del trabajo realizado ensayamos caracterizar a las parejas/hogares con dos proveedores económicos abandonando la presunción de la homogeneidad de clase de los mismos. Esto nos condujo a centrar la mirada en el interior de estas uniones o —como se dijo en otras instancias de la investigación—, a focalizar en “quien se casa con quien, en un sentido amplio que no se circunscribe a clasificar las parejas según su estado civil. Los análisis realizados, implicaron desagregar las relaciones de género en la esfera del trabajo doméstico y su vinculación con la clase social de ambos miembros de la pareja. En ese marco, también se generaron constataciones orientadas a dilucidar la incidencia diferencial de la clase social de la mujer y del varón en variables que pueden suponerse vinculadas al comportamiento de clase de las familias (entendiéndolas como homologables a los hogares).Pero su desarrollo excede el objetivo de este artículo, más información puede consultarse en Gómez Rojas (2010)

El considerar el tipo de parejas que conforman los hogares conlleva a hacer manifiesta la diversidad de situaciones que quedan ocultas cuando se elige un único referente de la pareja a la hora de establecer la posición de clase del hogar. Así, se juzga pertinente indicar dos cuestiones: en primer lugar, cómo queda conformado el mapa de clases al observar al denominado jefe de hogar; en segundo, cómo quedaría conformado al hacer visibles una serie de relaciones de clase que de otro modo quedarían ocultas. A tal fin, se muestran a continuación los estratos de clase según el esquema de Goldthorpe para el total de aglomerados urbanos, según la información proveniente de la Encuesta Permanente de Hogares.

Cabe indicar que —a título de simplificar la exposición— se exhiben los datos agrupados en tres categorías de clase, y no en siete como se lo hizo en varias secciones del análisis, puesto que se quiere presentar como objeto principal la combinación de clases de las parejas heterogéneas.3

Ahora bien, si nos quedamos con el jefe/a de hogar como referente para construir el esquema de clases, el mapa de clases para el total de aglomerados urbanos de Argentina en 2001 es el que se presenta a continuación.

Cuadro4: Clases sociales de Goldthorpe. Jefes de hogar ocupados de 20 a 69 años. Total de aglomerados urbanos. 2001(en %)

Clases sociales


Clases de servicio

24.7

Clases intermedias

28.3

Clase obrera

47.0

Total

100.


(4.100.848)

Fuente: Elaboración propia en base a la información de la Encuesta Permanente de Hogares. Total de aglomerados. 2001

Aquí se advierte que casi la mitad de los hogares son clasificados en la clase obrera, mientras que el resto se reparte, en partes bastante similares, entre las clases intermedias y de servicios.

Ahora bien, esa es la fotografía de las clases al tomar como referentes de la medición sólo a los jefes de hogar. ¿Qué sucede al adentrarnos en los hogares? Se observa que dicha clasificación se complejiza, pues al centrarnos en las posiciones de los integrantes de las parejas podemos distinguir, en primer lugar, hogares con un solo proveedor y hogares con dos proveedores. Y, al interior de éstos, las parejas homogéneas, heterogéneas tradicionales y heterogéneas no tradicionales. De modo tal que la anterior cartografía queda conformada del modo que se enuncia en el siguiente tabulado estadístico, que constituye un cuadro resumen de las situaciones mencionadas anteriormente.

Cuadro 5: Clases sociales de Goldthorpe. Hogares discriminados según número de proveedores y tipo de parejas según la clase social. Total de aglomerados urbanos.2001 (en %)



Total de hogares con un solo jefe/a

70.2

Clases de servicio

15.1

Clases intermedias

19.7

Clase obrera

35.4

Total de hogares con dos proveedores

29.8

Parejas homogéneas

16.4

Clases de servicio

6.3

Clases intermedias

3.5

Clase Obrera

6.5

Parejas Heterogéneas

13.4

Parejas heterogéneas no tradicionales(clase mujer supera a varón)

7.6

Clases de servicio-intermedias

2.4

Clases de servicio-clase obrera

2.6

Clase intermedias-obrera

2.6

Parejas heterogéneas tradicionales(clase varón supera a mujer)

5.8

Clases de servicio-intermedias

1.9

Clases de servicio-clase obrera

1.1

Clase intermedia-clase obrera

2.8

Total

100.


( 4.101.844)

Fuente: Elaboración propia en base a la información de la Encuesta Permanente de Hogares. Total de aglomerados. Octubre de 2001

Al discriminar los hogares entre los que tienen un solo proveedor y dos proveedores, emergen los tipos de parejas según sus combinaciones de clase. De la comparación entre el primer cuadro de este apartado y el segundo surgen ciertos cambios. Así, los hogares puramente de clase obrera descienden del 47.9% al 41.9%; los rigurosamente de clase intermedia pasan de representar el 28.3% al 23.2%; y, finalmente, los estrictamente de clases de servicio decrecen del 24.7% al 21.4%. Por lo cual esas variaciones se deben al 13.3% de parejas heterogéneas que permanecen ocultas al tener en cuenta solo al jefe/a de hogar.

Estas parejas, a su vez, pueden subdividirse entre las que denominamos tradicionales y no tradicionales, siendo las primeras el 5.8% y las segundas un 7.6% En ese marco, ¿cómo resolver la clasificación de los que presentan heterogamia de clase? Partiendo, en primer lugar, de describir la situación de clase de las parejas contando con información del varón y mujer que la componen, Erikson (1984) propone tener en cuenta al miembro de la pareja que posea la clase mejor posicionada dentro de una jerarquía de las mismas, sea varón o mujer: a este criterio, según nuestra traducción, se lo llama “clase dominante”. Aplicando dicho criterio se observarían ciertas modificaciones: en esta visión muy sintética de un mapa de clases de sólo tres estratos, se asciende un poco en la clase de servicios y se desciende el estrato de clase obrera —tal como señala el siguiente cuadro.

Cuadro6: Distribución de clases sociales según se considere al jefe de hogar , o se considere a la clase dominante del hogar. Total de aglomerados urbanos. 2001 (en %)


Clase del jefe

Clase dominante

(sugerida por Erikson)

De servicio

24.7

29.4

Intermedias

28.3

28.6

Obrera

47.0

41.9

Total

100.

100.

Fuente: Elaboración propia en base a la información de la Encuesta Permanente de Hogares. Total de aglomerados. Octubre de 2001



Por supuesto, este recurso implica la necesidad de contar con información para ambos miembros de la pareja y complejiza la construcción de los estratos, pues en vez de observar la posición de clase de una persona conduce a la observación de dos.

Si bien no ha sido objeto de esta investigación, también es factible decir que la noción de jefe de hogar puede ser cuestionada, ya que a esta altura de los acontecimientos puede asumirse que, en los hogares de dos proveedores, ambos miembros de la pareja pueden ser o son cabezas de familia. Tal es así que en ciertas recomendaciones de Naciones Unidas (1998) para los relevamientos censales y encuestas se sugiere el abandono de este concepto y su reemplazo por el de persona de referencia, argumentando que se ha detectado cierto estereotipo sexista al consignar a los jefes de hogar, priorizando a los varones antes que a las mujeres.

Cabe recordar que Western y Baxter (2001) enfatizan en cómo muchos de los análisis sociales de los siglos XIX y XX fueron escritos sobre la base del concepto de sociedad industrial; un tipo de sociedad en el que el trabajo estaba organizado en torno a un proceso de características fordistas, con un tipo de producción en masa, una división jerárquica del trabajo, con prácticas altamente rutinizadas, sean de cuello azul o de cuello blanco. En esas condiciones, la participación masculina en el mercado de trabajo era casi universal y con empleo a tiempo completo. Las mujeres, en cambio, eran las responsables dentro de los hogares de la provisión de servicios y de la reproducción de la fuerza de trabajo.

Imperaba un arquetipo que muchos autores han denominado “tradicional” de división de tareas domésticas y extradomésticas. De allí que el modelo de análisis de clase de la sociedad industrial se centró en aquellos que engrosaban la fuerza de trabajo paga, los varones, enfatizando sus experiencias más que la de las mujeres —usando las diferencias, por ejemplo, entre el trabajo de cuello azul y el de cuello blanco— y abordando el trabajo y la familia como mundos no yuxtapuestos. Ese contexto es el que permitía un análisis de clase no problematizado por ignorar el género y, más particularmente, a las mujeres. Sin embargo, vestigios de aquella aproximación persisten aún hoy cuando los miembros de las clases pueden ser definidos en términos de las características del trabajo del jefe de familia o cuando se traduce directamente la distinción entre ocupaciones de cuello blanco y de cuello azul en clase media y clase obrera.

Las condiciones económicas actuales se corresponden con las sociedades post-industriales que, están vinculadas con el aumento del sector servicios, con la mayor participación de mujeres casadas en el mercado de trabajo, con la extensión del empleo a tiempo parcial, con las variaciones en las pautas de conformación de las familias y con ciertos cambios en la división de las labores domésticas. Finalmente, se vinculan también con un persistente desempleo.

En relación al género también tuvo lugar, la discusión sobre cuál es la unidad de análisis, los hogares/familias o los individuos. Así, ante las características de la sociedad post-industrial tiene sentido preguntarse cuál es el criterio que debe usarse para determinar las posiciones de clase de las mujeres y qué implicancias surgen al adoptar un criterio u otro. Si bien las discusiones citadas hacen referencia a la adopción de una unidad —ya sea individual u otra basada en los hogares/familias— a lo largo de este trabajo se adoptó la idea de que aún siendo “el hogar” la unidad de análisis, puede clasificarse éste teniendo en cuenta la situación de clase de ambos miembros de la pareja conyugal. O, en otras palabras, puesto que no necesariamente el debate debe ser ese, aquí se escogió la idea de que ante la necesidad o la decisión de que la unidad de análisis sea el hogar, se pueda contemplar la situación de ambos cabezas de familia, abandonando la presunción de homogeneidad de clase de los hogares.



5. Reflexiones finales

Se desprende del trabajo realizado la necesidad de analizar el mercado de trabajo y los procesos familiares de manera conjunta más que de modo aislado. Dado que una de las características centrales de la sociedad post-industrial es el aumento de hogares con dos proveedores, emerge como necesidad de las personas articular el trabajo doméstico y extradoméstico; y la intersección de ambos conduce, también, al intervínculo entre las clases y las relaciones de género.

Tal como señalaron Baxter y Western (2001) los debates mencionados no han sido resueltos unívocamente y es esperable que tampoco deban resolverse en un solo sentido. Más allá de que estas discusiones sirvieron para sensibilizar a los investigadores frente a los cambios acontecidos —tanto en las esferas económicas y laborales como familiares— pareciera que hoy debieran reacomodarse.

El analizar este problema implica, también, mirar la apertura de las sociedades: si las uniones se dieran solamente entre personas pertenecientes a grupos con las mismas características de clase estaríamos frente a sociedades más bien cerradas. Nuestra situación muestra que, de la mitad de los hogares con dos proveedores en áreas urbanas de la Argentina, la mitad está compuesta por parejas homogéneas y la otra mitad por heterogéneas.

Por otro lado, desde cierta perspectiva sociológica se hipotetizó que son las mujeres las que tienden a casarse hacia arriba (marry up). Sin embargo, en la Argentina tanto mujeres como varones, al casarse, ascienden o descienden respecto de la clase social del cónyuge. Así, del total de hogares con dos proveedores, una cuarta parte está conformada por mujeres que discriminaron diferentes niveles de heterogeneidad (aquí solo se indica que son, en términos relativos, mayor cantidad las parejas conformadas por una mujer no obrera con un varón obrero que las parejas constituidas por una relación inversa).

De este modo, estamos en condiciones de decir que a través de las exploraciones efectuadas a lo largo de la investigación se corrobora la importancia de la clase social de las mujeres casadas y que trabajan, a la hora de describir determinados comportamientos de clase. En ese sentido, lo expuesto remite a lo que Erik Wright denomina como posiciones de clase directas y mediadas, quedando de manifiesto la compleja red de relaciones de clase en la que se encuentran los individuos en familias, haciéndose imperioso problematizar los estudios de estratificación social desde la perspectiva de género.

Este trabajo ha pretendido sumar un pequeño grano de arena al estudio de la estratificación social y el género. Pretendimos evidenciar que es posible incorporar a las mujeres en los esquemas de medición de las clases sociales, a fin de poder caracterizar mejor dicho fenómeno. En el mismo sentido, se evitó utilizar como criterio para incorporar ciertos cambios el mero peso de la significación estadística, pues —según términos de la socióloga española Olga Salido— es importante no abandonar la idea de la relevancia sociológica. De allí que se optó por caracterizar la heterogeneidad de clase de los hogares con ambos miembros de la pareja que trabajan, poniéndose, así, en cuestionamiento la homogeneidad de clase de los mismos, supuesto implícito del “punto de vista convencional”.

Por otro lado, es oportuno insistir en que se torna necesario, en nuestras sociedades post industriales, efectuar ciertos cambios en el abordaje de los estudios de estratificación social, tal vez imaginando nuevas soluciones a viejos problemas. En ese sentido, los debates sobre la clase social y género no se encuentran cerrados: muy por el contrario, una de las grandes metas de esta investigación ha sido abrirlos en nuestro medio.

Finalmente, es de interés resaltar que el ejemplo elegido tuvo como intención mostrar cómo el discutir la unidad de referencia para estratificar el hogar condujo a proponer un esquema de medición de clases ajustado según cuál fuera la clase dominante del hogar, obligándonos a considerar tanto a varones y mujeres proveedores del mismo.



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1 Gómez Rojas, G. (2010)”Estratificación social, hogares y género: incorporando a las mujeres ” Tesis de doctorado. Facultad de Ciencias Sociales. Universidad de Buenos Aires .Mímeo

2 Nótese que en caso de la clase III b, a la hora construir las tres grandes clases y al referirse al trabajo femenino, Goldthorpe las integra con las clases trabajadoras: este elemento se tuvo particularmente en cuenta en esta investigación.

3 Piénsese que con siete clases, al realizar el cuadro de doble entrada con el entrecruzamiento de la clase del varón y de la mujer, se obtuvieron cuarenta y nueva espacios de propiedades posibles, cuyo análisis a estos fines resulta muy engorroso. Como en toda reducción de categorías se pierde cierta riqueza interpretativa, pero, en este caso, se opta por ganar en claridad. No obstante en el anexo pueden consultarse los tabulados con categorías más desagregadas.

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@ 2012 - PPGS - Revista do Programa de Pós-Graduação em Sociologia da UFPE.

ISSN Impresso 1415-000X

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